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miércoles, 7 de junio de 2017

la siguiente

Lleva años diciendo que ella será la siguiente.
No hace nada para precipitar el final y resiste,
para sorpresa de todos.
No se siente sola: desde hace un tiempo
algunos muertos han entrado en su casa,
sin llamar a la puerta:
es posible que él la dejara abierta al marcharse.
A ella no le importa esta visita brumosa:
hubiera preferido que avisaran
pero no hacen demasiado ruido ni gasto.
La convivencia con ellos es fácil y no se quejan.
No les importa, por ejemplo, que ella repita
una y otra vez las mismas historias o que hable
de sus primeros amores todos estos últimos días.
No le reprochan que hoy no baje a la calle y camine,
aunque sea hasta la iglesia, para mantenerse ágil.
Estos muertos, al fin y al cabo, no son hijos suyos:
son comprensivos porque ya aceptaron el cansancio
y soltaron la cuchara.
Eso sí, están por todas partes, y es un incordio
tener que esquivarlos. Por eso se mueve poco,
no es pereza, y queda quieta tanto tiempo en su butaca.
Es difícil ir de una habitación a otra
en una casa como una trinchera llena de silencio.
En el pasillo, sin ir más lejos, esta semana yace
de nuevo el cuerpo de su marido.
En su memoria ya no quedan sanitarios
y ella no tiene fuerzas para levantar otro cadáver.
No siente miedo y sabe que no es un fantasma.
Es como si por él no hubiera pasado la muerte.
Se le ve tan joven, ahí tendido, con su último traje,
sin una sola arruga.
Pasa por encima de él al ir al baño o a la cocina
y le da las buenas noches antes de acostarse.
Parece trágica esta de sus últimas alegrías
pero le cuesta renunciar a ella y quizá por eso,
pese a que dice que será la siguiente,
resista.

andrea mazas