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viernes, 21 de junio de 2013

tango de despedida



(Mi primer poema... Léase con acento argentino: una pensaba que con ese tono el dolor llegaba más. Cosas de la adolescencia tardía... perdonables, quizá.)

Su rostro es cubista en lo real.
En el recuerdo un collage
hecho de cristal, piedra y cartón,
piezas unidas con cola de corazón.

Es surrealista en la noche.
Leo la Interpretación del sueño
y no hay Freud que entienda
qué hace su mano en mi pecho, caballero,
o qué fue, qué era, qué ha sido.

He quitado el polvo a mis pinceles.
Saco una tela y hago un lienzo.
Lo voy a pintar
con sus muecas de mentira
y le voy a poner un marco de agua
barnizado en llanto.

Antes de que la mentira se seque,
lo colocaré sobre mi cama
para que siga manchándola.

La pintura ya se secó, ya no mancha.
Ahora vos sos majo desnudo,
Olimpio sin ramo de flores,
sin turbante en los baños turcos
e imita al Pensador para fingir
“Es que no puedo dejar de pensar en vos”.

Lo he creado. Soy su madre.
No es más que un Edipo cualquiera
que quiere hacer de su vida tragedia,
sacarse los ojos para no verme
en esta noche muerta.

En Malasaña una mano se acerca.
Ofrece un tango sin vuelta ni tijera.
“Necesito otro trago.”
Un tipo en un bar me dice:
“¿Vos está ciega? Me pisó”.
Después muestra su plata
y me invita a la segunda raya.
Nos vamos a esnifar el amanecer
para empezar a sobrevolar esta realidad,
este estar que ya no gusta.

Me abandono a las caricias profanas
que hacen sacrilegio por debajo del ombligo.
Pretenden usurpar con garabatos
aquel hueco que ya vendí...
el hueco en el que ahora
descansa para siempre,
naturaleza muerta,
el bodegón de sus labios en mis labios...
el fresco, que no habitará templo,
de mi boca sin sus besos.