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domingo, 23 de junio de 2013

carta suelta



Yo también soy, a veces, cobarde. Yo también, a veces, solo hablo de amor para salvarme.
Me ves como raquera en tu costa, en el borde de tu abismo, que improvisa un faro: poco que hacer frente al puerto que amarra el destino a una hora precisa, con cancela y albarán, los poemas de la pirata frente a los cupones descuento de la marinera de galón asegurado, de altar lejano... como la algarabía de la bodega que tuerce el eje del timón de un barco ya a la deriva, un titanic que ignora el boquete frente a mi barquita sin provisiones ni salvavidas.
La vida también son estos versos, esta ausencia declarada en la jornada para reorientar la nave o estrellarla en la costa que ofrece mi cuerpo. Esta es la trama en el toque de queda para la presencia que se agota en el reloj de arena. Es el cruce de caminos, la hora de virar hacia la isla sin palmera, sin corales, o arribar de nuevo a ese viejo y cansado continente en guerra fría, callada, perpetua.
El diario frente a la agenda. Utilería de una función descafeinada frente a un libreto sin extensión predecible, por empezar. Desplantarse los pies de la maceta para echar a andar por la espesura de la incertidumbre. Quedarse en lo consabido o despejar la duda en el minuto de las agujas blandas del tiempo, como en ese sueño que pintó Dalí. Ser Gala en la ventana, mientras hablas, para no saber las otras palabras que no me dice tu boca. La mitad de sus síes usan el futuro; los otros, son pasado que no se escucha.
En algún momento, verás que no hay nadie en tu espejo. No eres la mujer que maquillas. Reconócelo: en tu vida tan ordenada, tan pulcra, tan hecha a tu medida, a ningún día le faltaba su fantasma habitual. Conocías sus horarios: llorabas los festivos; de lunes a viernes, la agenda apuntaba llanto mudo. “Puede esperar”, te decías, pero en la sala de espera los pacientes se iban acumulando, cada vez eran más en la fiesta que se había montado y empezaban a intimar. La doctora no se daba cuenta: estaba distraída ampliando las normas del saber estar, con la sordina bien puesta sobre el ruido, sacando brillo al esquema, repitiendo la pauta sin ajuste de dosis.
Eras la gran muñeca rusa que organizaba las bocas de las mujeres que te escondías para tapar la de la más pequeña y frágil con la boca de las demás, tan grandes, tan molinos, tan mentira. En esa fortaleza pensabas todo tan tuyo que te aferraste a la eternidad de lo que permanece. Todo muta, sin embargo, y no hay forma de protegerse de la vida, que imperceptiblemente nos va quitando la cáscara: o te ablandas o te dejas romper con su magia. No hay truco posible. No caíste en la cuenta de las telarañas; ahora lo sabes: solo se ven cuando ya son demasiado grandes y el bicho ha puesto huevas en las rendijas donde nunca mirabas. Regabas por la noche y llorabas en la hora del consuelo. Besabas cuando las palabras conducían tu barco al arrecife, pero placer no es alegría, y la alegría es el ancla.
No conoces mi amor: está aprendiendo siempre. Es preciso que me escuches: no soy una barca a la deriva que puedas hundir para salvarte con mis víveres. No soy raquera que improvisa un faro en el acantilado. No enciendo una hoguera para precipitar tu desastre. No copio señal ni intermitencia: cada faro tiene su propio recorrido. El barco navega hacia el puerto que marca la ruta que elige el capitán. Nunca decide el farero. A veces tampoco el capitán y, cuando arrecia la tormenta, suelta el timón y deja que la marea lo mate o lo salve en una isla que no estaba en el mapa. Hay brújulas y astrolabios por todas partes. Lo sabe el marinero cuando acepta su pequeñez bajo el cielo inmenso.
Subrayabas máximas e ignorabas mínimos en el manual de tu tripulación. Querías ser la comandante y conservar tu insignia de mujer hecha y derecha, la que dice “Esto es así” y la que seduce cuando las grietas que retrasaste rezuman la humedad que avisa de la gotera, que te susurra algún derrumbe: la gotera es la peor de las averías posibles. Esto lo saben todas las casas y solo algunos hogares.
Se te ha ido la edad y el sueño soplando pelusas debajo del sofá, memorizando el protocolo del eufemismo, siguiendo a pies juntillas el libro de instrucciones imposible de los estrategas del cariño, repasando la mecánica del amor... Yo también soy, a veces, cobarde; yo también, a veces, solo hablo de amor para salvarme. Pero defender una idea del amor no es cuidar el amor: la idea es un esqueleto, una esquela, el plano de un cementerio de ilusiones. Da igual el epitafio que escribas para resumir lo que quieres que se recuerde de ti. La verdad sucede, no se inventa... y, alehop, no tiene contraseñas.
La mentira es una flor, un hermoso dondiego que se abre para languidecer en la noche de la última explosión. La verdad es un árbol, un ficus: sus ramas son raíces aéreas. Todo a la vista y sus frutos caen en tu boca, pero hay que saber mantenerla abierta: que no se escape ni uno, porque su carne es nuestro único alimento. Tenemos que cuidarnos.
La verdad crece y levanta la tierra. Tu flor se echaba a un lado con el viento que amenazaba: acabó por truncarse. Dabas palos de ciego en la soledad porque te empeñabas en tener los ojos cerrados: eras como los niños que creen que, si no miran, el fantasma acabará por marcharse o no existirá. El fantasma eras tú, en guardia frente al imprevisto, y... abracadabra, no hay forma de controlar la sangre, no hay modo de parar la vida, no hay red para el amor. Puedes esconder la cabeza y ponerte tu traje de espinas, pero el dolor te llevará por delante.
En las macetas que ordenabas crecía esta soledad: ignoraste la semilla, sembraste distancia y creció el desierto donde enterraste el mapa. Ya no sabes dónde está el tesoro y las coordenadas que recuerdas ya no valen: se han quedado obsoletas.
Las Mata Hari simulan amor y lloran solas frente al espejo. Yo no soy una puta, pero a ti esto te da igual, porque no distingues tu verdad de la verdad, el árbol de la flor, el molino del caballero. Algo te está diciendo que para vivir hay que ser valiente, no previsor: tú cantas en otro idioma para no escuchar. Yo también soy, a veces, cobarde. Yo también, a veces, solo hablo de amor para salvarme.