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sábado, 15 de junio de 2013

la otra


I
Dentro de mí hay otra que grita en mi silencio,
que recorre mis caminos, que llora cuando miento,
que me abre, me rompe, me surca suavecito
en ligeras barquitas de hambre.

En noches de llanto ahogado, corta mis pequeñas flores.
Adorna mi dolor con pétalos blancos. Prendidos con alfileres,
sus metálicas cabezas crecen en la piel que caerá
—una alerta… un presagio…—.
Son el primer indicio de una nostalgia indescifrable que nos devorará
marchitando mis palabras en las sementeras del olvido.

II
Hay una primavera en cada poema. Sobre el blanco gotea un desahogo.
Recorre mi rostro, desde el lacrimal hasta el papel, una leve alegría.
Deja al descubierto un recuerdo que la tristeza escondió para no dolernos.
Germina la semilla que el silencio cuidaba y conozco sus primeros brotes.

Hay una primavera en el silencio. En las sombras, un otoño a su cuidado.
Un pájaro se posa en cada pausa. Un grito de la otra agita sus alas.
Sus oscuras palabras secretas esbozan el cielo al que escapan y,
en las siniestras siluetas que perfila su llama marfil,
mis manos acarician con temor los colores que imaginé a la vida.

Hay una primavera en mis manos —un adagio…, una cantata…—.
Es un coral de ángeles blancos entre verdes espigas.
En su hojarasca, los grillos entonan el réquiem que llama a mi extraña.
Los pájaros caen muertos en la primera vocal sangrada.

III
Hubo un otoño en su ausencia:
ella espantaba arañas que tejían oscuridad en mis dedos.

Hubo una noche en su otoño:
en mis pungentes caricias anochecí sin consuelo.

De donde la abandoné trae su perfume nuevo:
un bálsamo que suaviza la belleza de los dolores de cada primavera.

En esta primavera, la otra escancia mis muertes
en el verdor de algunos versos.
Su fragancia me enerva en su noche:
lentamente cuartea la membrana que protege mi dócil tristeza y
cuando, desprotegida y suya, yo soy su perfume,
ella, callada, escribe
«Dentro de mí hay otra que grita en mi silencio…».