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lunes, 12 de noviembre de 2012

a medias

Tengo tu retrato a medias. Te voy pintando 
según me vienen las ganas de tocarte. 
Lo hago como si en el trazo fuera 
la caricia que no te llega. 
Por mucho que yo me empeñe,
no le saco el color a la ausencia.
Te desdibujas en la contrarreloj que pone 
tu piel en la linde del olvido.
Puedo pensarte, sí. Te llama el tacto, 
sin embargo, y es así de simple:
tu boca de lapicero no puede besarme, y yo 
no me mojo con la acuarela.

De nada sirve borrar y empezar de nuevo:
no conseguiré tu sonrisa perfecta, lo sé,
ni mucho menos 
tu justa palabra que me salva,
porque no sé sino pintarte callado:
siempre estás dormido —no me sale la mirada—.

¿Qué decir de tus manos, 
tan cerradas, tan poco manos?
Vuelvo sobre ellas una y otra vez…
Lo de menos son los nudillos: 
sé que es cuestión de práctica.
El problema son las venas 
y la sangre palpitando,
tan quieta en el papel, 
tan frío.
No se paran en la memoria: 
se mueven siempre, 
en el aire o sobre mí, 
y así no hay forma…
y eso por no hablar de
las uñas 
la suavidad de la piel
el calor
las líneas que aún no te he leído
las cicatrices (¿qué pasaría 
si me olvidara de alguna importante?).
No me queda otra: determino 
escondértelas bajo tu pelo.  

¡Tu pelo!
Tu pelo es un enigma, 
da igual que decida suelto o en coleta.
Este detalle lo tengo atravesado, de verdad, 
es algo que me supera:
¿cómo soltarlo de mis dedos, cómo 
apartarlo de mi vientre, cómo 
lo separo del mío 
en las almohadas que recuerdo?
¿Conoces tú la forma? 

Respecto a esto, no te pido nada: 
es importante que quede claro.
¿Qué podrías hacer tú para que yo
consiguiera dibujarte como te pienso?
¿Qué culpa tenemos ninguno
de que yo te quiera o de que a mí, 
ahora,
te me antojes muso?

Una cosa sé: 
la torpeza no es pensarte mal ni poco,
es por todos esos asuntos que no me dejan dibujarte
(y otros que no vienen al caso)
que siempre acabo por recurrir a este otro lenguaje
para bailar contigo sobre las letras de los versos
(me puede el movimiento, qué otra cosa puedo decir).
Es por eso también que siempre es largo el poema:
cuanto más escribo yo, más bailamos los dos.
No cabe duda de que esto es un gran problema: 
me cuesta darlo por terminado,
y corro el riesgo de que te canses, pero
¿y si no volviera a sonar esta canción?

Ahora
debo volver al dibujo, debo
intentar pensarte de otro modo.
Sucede que hoy, lástima, 
no se me ocurre ningún final posible 
para esto que quería ser otro poema, 
de los que no van a ninguna parte, y,
como tu retrato, 
también se quedará a medias.
Por eso te escribo, 
para pedirte, por favor, que, si 
en algún verso tuvieras que marcharte, 
salgas sin hacer demasiado ruido 
(necesito esta música para pintar). 
Puedes dejarme una nota en alguna línea, si quieres. 
Yo volveré aquí cuando te despierte en el dibujo.
Ya me voy, debo volver al dibujo, 
pero ahora agárrame fuerte.
Empieza el baile.