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jueves, 1 de noviembre de 2012

yo tengo una «V», «A», «G», «I», «N», «A»

De pequeña, me gustaba jugar a las canicas, al fútbol… quería ser ciclista, faquir… tener moto, tener granos en la cara como los de mis amigos y meneármela con ellos detrás de mi casa, aunque no tuviese colita. Odiaba ser una mosquita muerta, la niña de mamá, la nieta predilecta, la niñita lista, el ojito derecho y la princesita de papá… Odiaba mis pijamas rosas, mis braguitas Princesa con una estúpida florecita en la goma, las muñecas que mis abuelos iban amontonando en mi cama, la foto de la comunión en el salón, con ese maldito vestido blanco de novia enana, que el resto de las niñas con las que comulgué llevaban orgullosas, con su bolsito de encaje blanco, medias blancas, zapatos blancos… ¿A qué coño venía tanto blanco? ¿Qué pasa? ¿Que a Dios no le gusta el negro o el azul o el naranja? ¿Por qué no podía ir yo de almirante o marinerito, eh?

Y una mañana, sin venir a cuento —porque no venía a cuento— me levanté con las braguitas manchadas. Y claro, me asusté, y, cómo no, fui corriendo a contárselo a mamá —vamos, lo que hacemos todas—. Y mi madre —que también es como todas— dijo: «Manolo, que la niña ya es mujer». ¿Cómo? ¿Qué? Pero ¿qué dices?

Yo llevaba intentando ser niño toda mi vida, y mi madre, en una sola mañana, resuelve con alegría que Andreíta ya es Andrea. No sólo de repente había dejado de ser niña, sino que, además, todos mis esfuerzos por ser niño se habían ido al traste. Y si sólo fuera esto… pero no.

En la televisión comenzaron a llamarme la atención los anuncios de compresas; luego vino el maravillo descubrimiento de cómo introducir un tampón en la vagina… ¿Rojo? ¿Rojo de qué?

Vale que de niña no quisiera ser niña, que cuando mi madre me dijo que era mujer me llevase semejante disgusto al que tuve cuando, también mi madre, me dijo que los reyes magos eran papá y ella… vale los anuncios de compresas, vale la menstruación cada 28 días, vale que los hombres tiendan a cosificarnos con la mirada, vale la cera caliente, tibia y fría, las cremas depilatorias, las hojillas… ¡Vale! ¡Lo admito! Soy mujer, si es que hay algo de especial en ello y, a pesar de todo, yo también I like to be a woman… pero lo que no puedo pasar por alto es escribir «vagina» y que Word la subraye en rojo… Por un momento esta maldita máquina me ha hecho dudar de cómo se escribe el nombre que designa el sitio que ocupa un algodón cilíndrico los días más I like to be a woman.

Hago clic en Herramientas, reviso la ortografía y las palabras que el trasto me ofrece para sustituir mi vagina son «página», «vaina» o ¿«agina»? Tócate los cojones. ¡Esto está bien escrito! No me lo pinta rojo, mira tú por dónde. ¿Y «pene»? Tampoco, claro —como es lógico—. Pues no, hombre, no… o no, mujer, no. «V», «A», «G», «I», «N», «A». «Va», «Gi», «Na», lo que va en las hembras de los mamíferos desde la vulva hasta el útero… Bueno, por lo menos míster Microsoft Word sabe lo que es vulva y útero… Otra cosita es. Pues me da igual, voy a escribir hasta la saciedad «vagina»… «Vagina», «Vagina», «Vagina», «Yo tengo una vagina», «Te presto mi vagina», «Me gusta mi vagina», «Toma mi vagina», «Vagina», «Vagina» y más «Vagina». Hala, ahí queda eso, a ver si de tanto escribirlo me lo acabas reconociendo. ¿No? Vale… «Vagina», «Vagina», «Vagina», «Vagina», «Vagina»…