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miércoles, 9 de septiembre de 2015

la mujer de las ondas hertzianas

La mujer de las ondas hertzianas se asombra, ingenua, de que el agua pueda crujir. Ni siquiera antes de que Huidobro le desvele que habla de restos de huesos, ella ni si quiera es capaz de pensar que el hielo, al fin y al cabo, es agua y que, si se mastica, cruje. ¿Quién es el responsable de recursos humanos de esta emisora?
Tengo que reconocer que su voz de caramelo no se me quita de la cabeza desde hace un par de semanas. Tengo el tímpano pegajoso de su azúcar quemado a pesar de su ingenuidad. No: la ingenuidad convierte sus cuerdas vocales en una fábrica de piruletas.
Durante el día es fácil no pensar en ella. Camino con sabor dulzón, pero ya es primavera y las mujeres empiezan a dejar al descubierto sus hombros, finos o gruesos, dorados o blancos. 
Mi madre dice que cuando era pequeño, al dejarme en brazos de una mujer extraña, estrellaba mis fauces en uno de sus hombros como no hacía con ninguna otra cosa. Al iniciarme en el mundo de las palabras, a papá y mamá siguió el vocablo malanena cuando precipitaba sobre los hombros femeninos mis delicados y recién estrenados incisivos. Dice también mi madre que también decía esto cuando iba con ella al supermercado y, al pasar por la sección de bollería, se ponían a mi vista, no así a mi alcance, cientos de bolsas de magdalenas. A pesar del posible parecido fonético, a pesar del sabor a almendra que tienen algunos hombros que después he tenido el gusto de llevarme a la boca, no encuentro parecido alguno entre una magdalena y un hombro de mujer. Sí puedo decir, después de chupar algunos ya sin dientes de leche, que ciertos hombros guardan cierto sabor a almendra. Pero de magdalena, ni forma, ni leches, ni nada de nada. Cuando decía malanena, quizá quería decir exactamente esto.
No sabía todavía cómo eran los hombros de la mujer de las ondas hertzianas, o si parecerían magdalenas, o sí tendrían sabor (dios quisiera que sí, pensaba) de cierto fruto seco. Lo que sí sabía era que Madrid se llenaba de hombros descubiertos al llegar el calor. Y, con los hombros descubiertos, llegaba hasta mí un olor de almendras dulces que despertaba los sentidos que el frío mantenía, como protegidos por una gruesa capa de grasa animal, en un estado de hibernación, el mismo que terminaba justo en el momento en que en los escaparates del Corte Inglés aparecía el primer maniquí con vestido blanco de gasa y tirantes y un enorme cartel que indicaba «Ya está aquí la Primavera». Me hacía cargo del laborioso trabajo que hacían los escaparatistas, quienes de verás conseguían —mientras yo pasaba mis noches perdido en el tono acaramelado de la mujer de las ondas hertzianas— adelantar, cada año un poquito más, la sensación de calor incipiente y, con él, la urgencia de sacar a la luz esos trapitos que precipitaban mi existencia al universo sensitivo en que me iba a ver sumido en los siguientes meses, sin que pudiese ni quisiera hacer nada por evitarlo.
Gustaba, a partir del estreno de la primavera, de pasear durante horas, cuando el resto de obligaciones lo permitían. Ay, la primavera. Demasiadas mujeres bellas recorren a mediodía la Gran Vía, y demasiadas son también las chicas que llenan las callejuelas laberínticas del barrio de Lavapiés por la tarde. Estas, sin duda alguna, son mis preferidas. Como queriendo dar la impresión de que poco les importa la estética, son, en cambio, las que más se preocupan por que los jeans estén en el punto justo de su deterioro. Con su meticuloso moño de aspecto improvisado, sus pulseras artesanales de cuero como cuentas de su vida en sus delgadas muñecas —cada una con su historia, como un marinero, dicen, tiene una mujer en cada puerto—, el estudiado corte sin remate que abre el cuello de la camiseta —de tal forma que caiga de un modo tan sugestivo, dejando sólo uno de los hombros a la vista—… Listas para el baile de las últimas horas de un día de primavera, dan cuerda a sus sandalias de cuero de camino a la Filmoteca para tomar nota de la cartelera de la semana que empieza. Hay días en que, como si se firmara un consenso, pueblan con sus bicicletas el barrio y, pedaleando calle arriba, calle abajo, se convierte la zona en el circuito más sublime. Comienza el tour de las ninfas en Tirso de Molina para dejar después exhaustos a los tenderos de Magdalena y, cuando queda atrás Antón Martín y comienza el desfile en Santa Isabel, los mercaderes ya no echan en falta los árboles de su calle de cemento viejo. Esto es sólo un ejemplo. También son sitios predilectos de sus encantos la Casa Encendida o la plaza a la que se abre el Reina Sofía. Tienen aquí el púlpito donde el sol es más generoso con sus pieles, donde extraen de sus mochilas de colores Muchos amores, una Casa de muñecas o un 13.99, donde se lían un cigarro para fumar tranquilas mientras avanzan en sus lecturas y obsequian, sin saberlo, a mirones como yo con una deliciosa imagen, que es, a mis ojos algo así como la trasposición posmoderna de la Primavera de Botticelli —¿dónde estará la concha que se abre a lo virginal?—. ¿Exagero? Es posible, pero he pasado muchas, incontables, horas, durante varios años, observando a estas princesas urbanas, como si sólo existiesen para mí cuando presto toda mi atención a su visión y cuyas orejas, de no llevarlas al descubierto, pensaría que terminan en pico… de modo que, si no me creen, les sugiero un paseo por estos parajes para que descubran, como yo he hecho, sus caprichos visuales.
Sin embargo, a pesar de la belleza que encuentro en todas esas otras mujeres, y de las cuales la vista me da crédito de su existencia, no consigo quitarme del pensamiento a la mujer de las ondas hertzianas. Sé —y por ello no me he atrevido aún a confesarme a nadie mínimamente conocido— que esto está empezando a tildarse de patológico.
Sé también que no hay más antídoto para ello que arrastrar a la mujer de las ondas hertzianas desde la invisibilidad intangible que alcanza cuando se pone tras el micrófono hasta una materialidad inevitable. Su voz, preciosa, empieza a ser insignificante si la comparo con cada una de las imágenes que le he otorgado. Necesito dejar de imaginar. Necesito palpar su realidad.
En el trabajo, mis compañeros empiezan a preocuparse. Mi cansancio es cada día más alarmante. Me preguntan si paso mala noche. No: la paso buena. No tan buena, porque sólo está su voz, pero hasta ahora no he tenido nada más, por lo que tampoco hay nada que eche de menos. Su voz, esa voz… Incluso los silencios entre palabra y palabra empiezan a resultarme elocuentes…
Lo tengo todo calculado. Salgo del trabajo a las veinte horas. Tardo en llegar a casa alrededor de cuarenta y cinco minutos. Siempre me he caracterizado por ser un tipo precavido, así bien tengo calculado un margen de quince minutos para cualquier contratiempo que pueda surgir. A las veintiún horas, si todo ha discurrido según lo previsto, me encuentro en el ascensor, con toda seguridad entre el quinto y el sexto. En el octavo, se abre la puerta, introduzco la llave en la cerradura, entro y voy colocando cada cosa en su sitio según me voy despojando de ellas para ganar tiempo. Me lleva alrededor de cinco minutos estar cómodo: descalzo y con un pantalón de chándal viejo, sin camiseta. Me enciendo un cigarro mientras quito el envoltorio del casete, lo introduzco en el equipo y sintonizo la emisora. Programo el equipo para que se encienda de forma automática a las veintiuna cincuenta y cinco. Cocina: abro el frigorífico, elijo uno de los tupperware que la asistenta ha dejado preparados con la cena de los próximos dos días y al microondas. Un minuto y medio para colocar vaso de agua, cuchillo y tenedor, yogur azucarado y cuchara sobre la mesa, y ¡ring!: cena caliente. Como tranquilo mientras veo el telediario. Apago el televisor al llegar la sección de deportes en el momento justo en que quito la tapa al yogur. La hora se acerca. Restos, a la basura, y lo demás, al lavavajillas. Cigarro encendido: veintiuna y cincuenta y cuatro. Una calada más y comenzará la grabación. Una calada más y… dentro sintonía. Apago el cigarro: «Buenas noches. Aquí comienza…». Aquí comienza la vida: la mujer de las ondas hertzianas vuelve a romper su silencio.

En la fotografía, Jack Kerouac. (Fuente: http://www.fahrenheitmagazine.com/)