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lunes, 14 de abril de 2014

fotografía de un cadáver


Él la besó después de la guerra.
Era su primera vez y ella pensó en su hermano
[solo tenía de él la fotografía de un cadáver]
y tuvo miedo de ir a casa: padre notaría el rubor,
la huella de un amor que la pena prohibía
en una casa de tantas de un país en luto,
pero la flor se abrió en tierra quemada:
si había enlace, pensó, no habría ajuar
pero fantasmas no faltarían, y lo hubo,
y los vivos fingieron un baile, solo un día,
con el lacrimal a tumba abierta:
ni demasiada alegría ni fuegos artificiales
pero la banda de esa tarde ensordeció
los acordes de la tristeza.
A finales de los treinta, antes de sus veinte,
ella probó su boca y ahora flota,
sin besos, hoja suelta, balsa de sangre seca
sobre el recuerdo mate de sus muertos.
Aún quedan restos y ella guarda
la fotografía en blanco y negro de un cadáver:
ni el tiempo ni la muerte borran
el color de la herida en los ojos de mi abuela,
abierta, sangrante siempre en su memoria.
En ella la besa todavía su boca,
tan sola y huérfana como estaba ella
a finales de los treinta, cerca de sus veinte,
antes de que él la besara después de la guerra.

andrea mazas