Páginas

martes, 19 de noviembre de 2013

un baño



Sé de lo que hablas.

Es invierno y en la calle hace frío. Te quieres dar un baño caliente, un buen y largo baño, y te dispones a ello. Giras el grifo del agua caliente hasta la marca que ya conoces y, después, haces lo mismo con el de la fría, para regular la temperatura hasta conseguir la óptima. Dejas que el agua caiga, generosa, sobre la piel de tus manos, para que sean ellas las que te digan que sí, que has logrado que el agua tenga la temperatura que buscabas para poder darte un buen y largo baño. Te desnudas, como tantas veces lo has hecho, mientras se va llenando la bañera, pero esta vez crees que te mereces ese baño, ese buen y largo baño, más que nunca. Por eso, te vas quitando poco a poco la ropa, sin prisa, como si fuera un baile que tú mismo te pides. Te acaricias al ritmo de la música que suena, esa que has elegido para la ocasión, la que guardabas para este baile, solo para acompañar este buen y largo baño —sensual pero relajante, armónica—. Nada desentona: tu cuerpo, el agua e incluso la luz presagian un buen y largo baño. La bañera aún no amenaza con desbordar, así que te envuelves en una toalla —suave y limpia; sabes que no es nueva pero hoy lo parece— y te enciendes un cigarro. Fumas y disfrutas de la música que sigue sonando, mientras te relames pensando en el buen y largo baño que te espera y que, hoy sí, te mereces… La bañera ya está llena. Apagas el cigarro, cierras el grifo de agua fría y dejas que caiga un poco más de la caliente —bien caliente—, como si fuera algo así como un capricho que te das sin que nadie te vea. Te quitas la toalla con la que te envolviste y, ya desnudo completamente, acaricias con el extremo de un pie el agua que llena la bañera: a pesar de las precauciones, una vez más te has pasado de temperatura. Por ello, haces lo mismo que en otras ocasiones: entras en el agua poco a poco, para dejar que la temperatura ambiente de la piel se acostumbre a la del agua. Una vez dentro de la bañera, respiras profundamente, te acomodas y juegas un rato con la espuma que la presión del agua ha formado al mover el abundante chorro de gel que vertiste muy al principio del ritual, cuando empezaba a llenarse la bañera. También te pasaste con el jabón —ahora caes en la cuenta— y, si no el agua, es posible que parte de la espuma acabe cayendo al suelo y moje la toalla con la que, al terminar, querrás secarte. Pronto te cansas de jugar con la espuma y sumerges la cabeza. Te mantienes bajo el agua todo lo que te permite la respiración —poco tiempo, menos del que te gustaría: tu capacidad pulmonar se va reduciendo baño a baño y, por otra parte, fumar no ayuda a mejorar esto—. Ahí abajo te sientes bien, amniótico: la música suena lejana pero agradable y parece que estuvieras a salvo de todo. Pero esto dura poco: no aguantas más la respiración y sales a la superficie aprisa para tomar aire. Al hacerlo, notas que el agua ya no está tan caliente. Es el momento de lavarse la cabeza o al final cogerás frío. Lo haces dos veces. Después de la primera no te aclaras tan profusamente como la segunda y, para hacerlo, además, no te sirve el agua de la bañera: tienes que usar la ducha. El agua ya está templada, tirando a fría. El buen y largo baño se acaba —la música hace rato que ya lo hizo—. Quitas el tapón para que, mientras sales del agua y te secas con la toalla —que, efectivamente, mojó la espuma sobrante—, la bañera se vacíe. Al salir sientes un escalofrío: no le das importancia, pero lo sientes y te fastidia, porque el baño, con todo el vaho que se ha acumulado en él, parece que aún está caliente. Es como si las temperaturas no se pusieran de acuerdo: la tuya, la del baño, la que querrías sentir. Ya te has secado. Aún queda agua en la bañera, pero llevó más tiempo llenarla de agua limpia que lo que tardarán en irse el agua sucia y los vestigios de espuma… Sabes que, cuando esté vacía, tendrás que volver a usar la ducha para limpiar la bañera y arrastrar al desagüe los restos que aún queden. Esta vez, puestos a usar más agua, solo abrirás el grifo de la fría, hasta el tope, para, con toda la presión que tus tuberías te permitan y sin aumentar aún más la factura de la luz, llevar a cabo la operación de limpieza que dejará la bañera lista para un futuro uso. Siempre dudas entre limpiar la bañera ahora o mañana, pero sabes que, si lo pospusieras, la suciedad se acumularía y en otro momento te daría más pereza limpiar la bañera. Definitivamente, decides hacerlo cuanto antes. Al poco rato de terminar —quizá estás cenando solo—, piensas que el baño que te has dado no ha sido ni tan bueno ni tan largo como imaginabas que sería, te culpas un poco, tampoco mucho, por no haber protegido al medioambiente eligiendo ducha en lugar de baño y vuelves a sentir frío, pero ahora no es el de la calle sino el de tu propia casa.

Sé de lo que hablas. También yo recuerdo así nuestra vieja historia de amor.



andrea mazas

 
Au ban, de Ramón Casas