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sábado, 9 de noviembre de 2013



No. Hubo un tiempo en que creí saberlo todo de ti. De mí, pensabas, lo sabías todo, y nos queríamos. Pero fue accidental, tú lo sabes, que me pensaras tuya o que yo te creyera mío. El tiempo se alió con esa falsa certeza, nos negó el don de la duda y cuando por fin, entonces sí, nos supimos enteros, el amor fue solo una palabra a la espera de algo en papel reciclado. Quién sabe la cantidad de luz que fue necesaria para que tú y yo creyéramos que aquello era especial solo porque tenía que ver contigo y conmigo. Bastó la palabra para que aquella magnífica traducción de nuestros impulsos se convirtiera en lo que hoy recordamos como pasión. La rutina volvió a hacer de nosotros los dos desconocidos aquellos, lejanos, que no aprenderían a quererse. Acepté el lado de la cama, la lista de la compra, larga, larga, los domingos en familia, las reuniones con el doble de amigos, el arañazo de tu gato, los celos y las faldas cortas cuando yo pensaba en pijama. Escuché a tu madre y a la mía. Escuché a tu padre; el mío no opinó. Escuché tus quejas; tú, las mías. Ordené las fotos de los viajes por hacer y el resto de restos que quedan, y todo ¿para qué? Sigo durmiendo solo en un lado de la cama, la lista de la compra sigue siendo ofensiva, los domingos, qué decir, siguen siendo domingos, tus amigos son los míos, el gato se quedó conmigo, hay un plus de muebles de Ikea que nadie quiso, que nadie quiere, los celos siguen gritando en la memoria y las faldas cortas te recuerdan, igual que mi madre y mi padre, que dicen que los tuyos quizá tenían razón y que esta chica tal vez no fuera chica para ti. Por fin se entienden: bravo. Pero las fotos ofenden y los restos me restan, y ahora sé que nada de esto tenía que ver con el amor. Dime, ¿dónde, en todo este ruido, estábamos nosotros?


Con todo ya empaquetado-encajado-etiquetado y el camión de la mudanza a la espera, la despedida solo es el ritual romántico, poético, callado, con el que cerramos el círculo mágico con el que empezó nuestra mentira. En la carretera ya no somos dos.

andrea mazas