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sábado, 27 de mayo de 2017

mi columna vertebral: mudanza

«Mudanza» es el poema que ocupa las páginas 82 y 83 de mi primer libro, Mi columna vertebral. También es la primera canción del séptimo disco de Antonio de Pinto, Mi columna vertebral. 

Ambas obras han sido publicadas en forma de libro-disco por la editorial Baile del Sol, un sello que recientemente ha cumplido sus 25 años en la incesante labor, tan preciosa, tan necesaria, que consiste en contribuir a que en el mundo no falten hermosos libros.








Antonio de Pinto (Madrid, 1969) es un artesano de la composición. En su taller, al que bautizó En Mi Rincón en recuerdo y homenaje al primer disco que autoprodujo, ha preparado letras y letras de cientos de canciones. Unas cuantas están recogidas en alguno de sus seis discos de estudio anteriores. Mi columna vertebral nació cuando se decidió a hacer algo que tenía pendiente: convertir en canción un poema de otra persona. El azar, el amor y la fortuna quisieron no solo que la persona a la que eligiera para su experimento fuera yo, sino que además no limitara tan delicada tarea a un poema, una canción: De Pinto se animó y, finalmente, de 12 de mis textos esculpió las 12 canciones que recoge su nuevo trabajo de estudio. 


Si quieres saber más de Antonio de Pinto, puedes pinchar aquí para acceder a la entrada que Fernando González Lucini dedica a este ya veterano cantautor en la web Canción Con Todos. Puedes disfrutar de algunos de sus trabajos anteriores en Spotify y en su canal de YouTube.

lunes, 1 de mayo de 2017

mi columna vertebral (libro-disco)

¡Ha nacido! La criatura se llama Mi columna vertebral, hija de Andrea Mazas (libro) y Antonio de Pinto (disco). 
Estamos muy felices y queremos celebrarlo dando las gracias a quienes lo han hecho posible: 

a Inma Luna, por darnos la oportunidad y la alegría primigenia, 
a Baile del Sol, por hacerla realidad tan paciente, dedicada y deliciosamente,
a Tito Expósito, por su cariño y absoluta disposición, 
a Óscar Martín, por el prólogo y ayudarme a cerrar este círculo, 
a Manu Clavijo, por la ternura de su violín, 
a Julio Gonzalo, por la garra de su saxo, 
a Iván Mellén, por su tenaz percusión, 
a Antonio Toledo, por la pasión de sus cuerdas, 

y a todas las personas que nos han animado y acompañado, 
y se alegran por y con nosotros



Para más información o 
para conseguir un ejemplar, 
puedes escribirnos a 

Andrea Mazas
andreamazas@gmail.com

Antonio de Pinto
antoniodepinto@gmail.com

Baile del Sol
bailedelsol@gmail.com


miércoles, 1 de mayo de 2013

dos veces luz


Estás multiplicada.
Eres dos veces luz.
Las preguntas que retrasaste
se responden ahora con otras
y anticipan las de mañana, pero hoy
las sabes semilla y te creces.
Eres así, fértil,
raíz firme de sangre
que crece y tú creces.
Eres más,
y más de la tierra que nunca,
como suma de amores.
En tu matriz late la hora siguiente.
Dibuja un aro concéntrico más
en la estela de tus edades.
Eres árbol fecundo de ternura.
Maduras en una estación que se expande.
No has nombrado aún
a la mujer que te está brotando
y ya asumes la circularidad,
lo redondo,
como una señal de tu vientre.
Es la vida,
la retórica implacable.
Tu hijo te está naciendo,
de nuevo, nueva.

"Dos veces luz", el poema convertido en canción por Antonio de Pinto. 




Fotografías de Anastasia Chernyavsky













miércoles, 15 de agosto de 2012

encuentro


La felicidad se ha roto los nudos 
para quedarse bailando 
en los rincones de este encuentro.

Nos encendimos una lamparita invisible 
y los ojos se siguen mirando en la misma luz,
en este ahora perpetuo.

Abres una ventana nueva en tu tiempo 
y mi boca te besa con cada palabra.
Agito un mar distinto en mi vientre 
y tus labios me dicen en toda canción.

Nos ofrecemos un espejo invisible 
y las luces se hablan en la misma mirada,
en este aquí sin mapa.

Tan sutil el reflejo, y tu piel ya es calor.
Tan delicada la luz, y mi piel ya es refugio. 

(Está creciendo un jardín.)

 











sábado, 14 de abril de 2012

réplica (incompleta) a una canción

En el antes enciendo un cigarro,
dejo que la canción me duela.
Cuando el amor vuelve a hervir en la sangre
y los ojos se ponen rojos de despedida,
cuando me revienta el ruido de adentro
y el glup glup del pensamiento se acelera,
cuando la piel se pone a punto y escama
y no le quedan pétalos por escupir,
empiezo la historia que te perdiste,
tecleo las secuencias en que estuviste off
y que tu memoria no se guardó para quererme
de aquella adolescente e insumisa manera.
No sé por dónde empezar el relato
de los dolores que nos callamos,
de los bares que quemé para llegarte
(en los que te comí como si fueras el mundo),
de la primera llamada que aún despierta un escalofrío,
del árbol del que caí aquella noche,
de los poemas que escribí para no sangrar,
de las veces, al fin, que no desbarataste
mis sábanas ni mis razones.

Los colores que nos pintamos hacen sepia la memoria
y a ratos gimen los recuerdos a sus anchas.

Me quedé en el backstage de tus canciones
y en ellas no encontré el amor.
La letra que yo les puse no está en ninguna parte:
no está en youtube, ni en el cuaderno la caligrafía
que le inventé al deseo para no ver que te marchabas.
Me quedé frente a ti
con el a pesar de en cada esquina
(“No hace falta que hagas nada”, me decías.
“Dice que no hace falta que haga nada”, me repetía),
como si quisiera estirar tu espiral desde el centro,
enroscarme en ella y soltar la goma
para que volviera a formarse y yo ya estuviera dentro.
No me entiendas mal: me hice mujer con tu voz
y mi adolescencia todavía se pone armadura en el corazón.
Entiéndelo así: me sigue quemando la edad
cuando te acercas demasiado.
Tal vez no entendí la entrelínea del sexo,
quizá el deseo vibraba interferencias
y no me dejó escuchar
todas las sílabas de tu primer adiós.

En este ahora, el cigarro se consume
y no consigo escribir que el silencio
sabe que aún te quiero…
y ya no hago nada y ya no duele.
Tengo las lunas que nos rompimos a escote,
los besos que siguen ablandando la vida,
el coqueteo taciturno con la ropa puesta,
tu música abrazada a mi fantasía,
la incertidumbre y la confusión
con los cordones atados,
los celos y la saliva que te debo en remojo
y un orgasmo que te pide.
Están la palabra duda mojando la boca
y tu cantar de amigo en los ojos cerrados.
Quedan las playas sin chapuzón,
los desiertos desalojados,
las pensiones sin lencería,
y mi vientre vacío, sin tu pulso.
Mis pies escarban este asfalto
que no rompieron los besos.
Olisqueo toda la naturaleza que sepulta
y nos une en silencio.
Salgo descalza y sin paraguas a tu azotea:
la lluvia nos riega con su verdad a medias
y en las flores se enreda la raíz que nos hermana.
Eres salud y el continúa es esta amistad
como un hoy que no acaba.

Mis dedos se queman
en la calada de más que doy al último verso:
me falta libertad para desbancar la metáfora
y dibujar el corazón que rompe y sana tu mano.
Soy la cobarde que te quiere y se esconde en el poema.

(En el final de la canción enciendo otro cigarro.
No hay repetición ni volver a empezar.
Pero esta lluvia tiene la complicidad de nuestras ventanas.
Seguimos mordiendo las interrogaciones
que abrían y cerraban las preguntas que nos hicimos
en las primeras líneas de este largo nosotros:
del abrazo que guarda este paréntesis nadie sabe,
y en él solo estamos los dos, tú y yo, mojados, queriéndonos,
como signos enlazados en las señales
que siguió aquel dolor prematuro
para encontrar otros tejados
donde lamernos la herida y volver, después,
con la verdad descosida en los ojos
a mirarnos como hoy nos vemos:
amigos, amantes, hermanos…
si el amor no nos falta
qué más da cómo nos llame el tiempo).

[…] no queda tabaco,
pero tengo los pájaros de tu canción.
  







Andrea Mazas, Óscar Martín (chelo), Andrés Sudón (al fondo) y Antonio de Pinto (derecha).  
Fotografías de Inés Poveda. La canción replicada es "Escúpeme tus pétalos", de Andrés Sudón