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viernes, 18 de octubre de 2013

¿y ahora qué?



I

Tambaleándose atravesó el local hasta alcanzarme en la barra. Dejó junto a mi cerveza una servilleta y se presentó. Hacía tres meses que Roberto sobrellevaba el alta con un preciso menú diario de ansiolíticos y otras pastillas de felicidad microgranulada, y nueve desde que una imprevista depresión de su bipolaridad había añadido a su historial médico un tercer intento de suicidio. Mientras me acariciaba la venda, dijo: «Dicen que solo quiero llamar la atención, pero tú sabes que ser un suicida no es tan fácil como lo pintan». 


Habíamos perdido toda esperanza, quizá por eso los días, todos, transcurrían como sábados. Todos los días eran fiestas de guardar. Las horas pasaban entre cada culo de cerveza caliente que, sin más que llevarnos a la boca, desayunábamos en la resaca de la noche anterior para que pasasen mejor los tranxilium que devorábamos como golosinas. Las botellas vacías rodaban por el suelo ahora sin mensaje. Éramos náufragos que no creían en rescates, náufragos haciendo de la supervivencia el más eficiente de los suicidios. Él prometió quererme hasta que me diera asco. «Te daré todo, incluso la halitosis y la boca seca del día después», me escribió en una servilleta que agradecía nuestra visita al antro en el que lo conocí, y al dejarme besar, después de confesarme que con él conocería Bagdad, me alistaba, sin saberlo aún entonces, para ser un efectivo en la guerra en la que él venía combatiendo desde que salió del psiquiátrico. No había nada que celebrar y, sin embargo, habíamos conseguido hacer de la vida una continua fiesta, triste, en que levantábamos botellín tras botellín para brindar por nuestra destrucción, mirando de reojo a la vida y sonriéndola con ironía pensando que era ella quien nos había fallado. Ya no hablábamos de frustraciones, porque ya no importaban, y si no importaban de nada servía hablar sobre ellas. En cambio, el silencio no hacía que no existiesen y era por eso por lo que nos entregábamos con tanta pasión a la cuenta atrás de lo efímero. Cada uno llevaba las suyas a rastras en la maleta invisible, camufladas entre la inmortalidad que nos prometíamos en el viaje con destino fracaso.

Habíamos olvidado todo en lo que alguna vez habíamos creído. Roberto sería director de cine; yo, guionista. Eso habíamos dicho tiempo atrás. ¿Y ahora qué? Los sueños los escondimos bajo la cama para que entretuvieran ellos al resto de fantasmas infantiles que, si les dejábamos, aún nos asustaban. Allí estaban todos jugando al escondite inglés: el hombre del saco y el coco y la mano de una madre levantada en el aire paralizada antes del guantazo. Mientras, nosotros, con los ojos cerrados, contábamos con los dedos de las manos —y sobraban— los días que no pasábamos somnolientos. El tiempo era la suma de los centilitros y los gramos con los que amenizábamos el viaje por la tierra. Lo cierto es que no había mucha diferencia con los días que ya no recordábamos, pero ya no nos reprochábamos cada chute de irrealidad y desidia. Sabíamos lo que los demás pensaban de nosotros: su sentimiento iba de la compasión al asco; las cajeras nos miraban de lado mientras metían las cervezas en una bolsa y trataban de no tocarnos demasiado al poner la vuelta en nuestra mano. Pero nosotros no éramos tan diferentes, y nuestro sentimiento, a pesar del buen olor de las cajeras, de todas las chicas buenas, era exactamente el mismo. Ellas rendían culto a la imagen, usando de ese regusto de cosmética barata tratando una cierta semejanza con la que el resto tenía de ellas y de sí mismos. Nuestro olor era peor, sí, pero era el nuestro, sin falsetes ni más afeites que los que una toalla limpia nos permitiesen. Y, con la cara limpia, saltábamos de noche en noche mandando la imagen al carajo.

andrea mazas